Estado capitalista

La monarquía absoluta constituye la etapa formativa del Estado capitalista y, como tal, un proceso constructivo que tiene lugar a base de otro proceso, pero destructivo. Es decir, como período constructivo del Estado capitalista, la monarquía absoluta es edificada a base de liquidar al feudalismo. Este proceso, iniciado en el siglo XVI, durará hasta el siglo XVIII en que la burguesía comienza a establecer regímenes republicanos. Esta etapa, por tanto, es una época de expropiación y consolidación.


Tan luego como la estructura económica feudal fue puesta en crisis y el Estado absoluto demandó el monopolio de los medios de administración, la administración pública, recientemente integrada por comisarios, inició la etapa de expropiación de aquello que estaba en manos de los propietarios privados. Fue en Francia donde este proceso se manifestó en su forma más pura. El conflicto latente entre el rey la aristocracia terrateniente, que tiene principalmente lugar en los grandes cuerpos colegiados y las localidades, también incluye la administración central del monarca. El ejército, las finanzas y otros ramos, pasan a ser un monopolio del soberano y, a su vez, el control de la administración pública, está la centralización gradual a que es sometida toda la organización del Estado.


El monarca absoluto reconoció el contenido estamental de los oficios como criterio de distinción entre comisión y oficio; por ello realza el papel de sus comisarios frente a los ministeriales. Esto explica la tolerancia regia de la venta de cargos y la persistencia de elementos probendarios en la mayoría de los oficios ocupados por la aristocracia terrateniente. Pero no sólo Francia y Prusia conocen la institución comisarial; también España, durante los borbones, Dinamarca, Suecia e Inglaterra emplean comisarios como instrumentos del absolutismo regio.


El comisario es la base de la administración del Estado absoluto en Europa y, erradicados los resabios feudales y consolidados los fundamentos burocráticos, lo es también de la administración del Estado capitalista moderno que lo ha convertido en oficial. Aunque la institución comisarial se evidenció en la Edad Media, no fue sino hasta el siglo XVI cuando se empezó a emplear de manera regular; probablemente los Commissaires Déportes y los Maitres de Requetés franceses sean los antepasados remotos. En Prusia los comisarios se originan en las encomiendas de revista del ejército y en las supervisiones territoriales; en España, en la época de Carlos V, con la creación del Comisario General que integraba los cargos de Auditor General, Teniente General y Jefe de Cuartel Maestro. Sin embargo, fue la Iglesia Católica la que, recogiendo la tradición romano-bizantina, sirvió al Estado absoluto como ejemplo del empleo regular de comisarios.

Como ya lo observamos, el Estado absoluto constituye la fase formativa del Estado capitalista; del mismo modo, la administración comisarial del Estado absoluto constituye la fase formativa de la administración oficial del Estado capitalista. En otras palabras, la estructura comisarial de la administración del Estado absoluto tuvo como fundamento su carácter expropiador; una vez liquidados los estertores feudales, la maquinaria comisarial del ancien régime es convertida por el capitalismo en una maquinaria oficial. La revolución francesa, que proclama el nacimiento del Estado capitalista moderno y la muerte del ancien régime, no hace sino aprovechar la centralización creada por éste y reforzar el carácter leviatánico de aquél.

 

Y bien, ¿cuál es la obra del Estado absoluto? Su obra, a la par de destruir los poderes feudales, consistió esencialmente en restaurar el despotismo oriental, pero modificado, adaptado a las condiciones históricas capitalistas de la nueva sociedad, La obra del ancien régime consistió en liquidar el feudalismo y crear la centralización política; tales condiciones fueron creadas primero en Francia donde han sido borrados los poderes señoriales y liquidadas todas las fronteras interiores; donde la centralización absolutista ha depuesto los poderes dispersos de feudatarios y ministeriales.

Sólo ahí donde estuviera del todo ausente el feudalismo, donde el Estado implicara unidad política, hegemonía de poder y unidad territorial, la burguesía estaba en condiciones de pugnar por el control directo del Estado. En aquellas sociedades en las cuales el feudalismo aún persistía, donde los campesinos aún estaban sujetos a la tierra y la corvée, donde aún existían privilegios de poder e islas de autonomía territorial, el Estado absoluto, el antiguo régimen, hasta ese momento no habían cumplido su misión histórica; en ellos, no hay condiciones para revolución burguesa.


El Estado capitalista moderno existe ahí donde el Estado absoluto ha establecido la unidad política y la centralización administrativa y, por tanto, ha desaparecido; el requisito del Estado capitalista moderno es la centralización política y administrativa; y es la centralización, obra de la administración comisarial absolutista, la que expropia el poder y los medios de administración de manos de los más variados depositarios.


Del mismo modo, el Estado capitalista no es concebible sin la existencia de la tutela administrativa creada por la monarquía absoluta. Esta, su misión expropiadora, afecta también la estructura laboral y la distribución de la fuerza de trabajo en cada rama de la economía. El antiguo régimen es un Estado tutelar; pero es tutelar por su propia condición de Leviatán administrativo que explota y domina, a la vez que protege y sirve. Y es tutelar porque, como Estado absoluto, impide el libre juego de las fuerzas sociales, pretende someter a su arbitrio las clases sociales, hasta que termina por ser la víctima de las clases sociales a las que pretende someter.