Lección 16. Acerca de la epistemología

Si se recuerdan los diálogos de Platón en el Teeteto o de la ciencia, se percibe que, a propósito de la crisis en la sociedad griega y en consecuencia del deterioro en la credibilidad de las premisas sobre las cuales se fundamentaba, se hicieron necesarios otros referentes de legitimidad para aquellos enunciados que habrían de conferirle certeza, confianza y estabilidad a la sociedad concebida por Platón desde la República.

En su época este pensador consideraba que los enunciados con pretensiones de verdad, lejos de ganar validez por el hecho de estar acompañados de argumentos de autoridad o de popularidad, debían ser demostrados desde el punto de vista lógico, y que para ello era necesario escuchar atentamente la opinión en cuestión y progresivamente llevarla hasta sus últimas consecuencias, lo que en muchos casos abocaba a conclusiones contradictorias e incluso incómodas para el propio defensor de las mismas; de esta forma define un criterio epistemológico de gran valor para el conocimiento científico que frecuentemente se distancia de lo que podría ser una agregación de opiniones desde el sentido común. Esta perspectiva se fundamentaba en la idea de que al dividir sucesivamente la materia ya no quedaba sino la forma, la cual era susceptible de ser estructurada desde el punto de vista científico a partir de las matemáticas; posteriormente y a partir del desarrollo de la geometría y la axiomática de Euclides, tal idea tomo mayor fuerza en las investigaciones de Bacón, Copérnico, Galileo y Newton, que habrían de inaugurar un avance inusitado de la ciencia a partir de la matematización del universo, de tal manera que, aún en nuestros días éste lenguaje se considera un recurso inobjetable bajo el supuesto de que las matemáticas son exactas, luego todo lo que se describa con ellas es válido; a su vez, y especialmente desde las ciencias sociales se replica que bajo dicho argumento y a partir de las matemáticas se podría demostrar cualquier cosa. Retornando nuevamente a Platón, la validez del conocimiento solo podría ser aplicable a fenómenos idénticos a sí mismos en una unidad relativamente breve de tiempo; solo de esta forma se podría garantizar de que se está hablando de lo mismo y no de otra cosa, pero además y por consiguiente, que se cumpla uno de los requisitos básicos de la ciencia como es el de la replicabilidad de los acontecimientos, siempre y cuando se refieran al mismo fenómeno en similares condiciones y bajo el influjo de las mismas acciones; de allí que el método propuesto por Platón sea eminentemente sincrónico, es decir que atiende a relaciones que ocurren en el mismo lapso de tiempo o en un ciclo relativamente corto de tiempo. La econometría y la economía clásica son un buen ejemplo de éste punto de vista.

Los historiadores de la ciencia mencionan a Aristóteles y posteriormente a Hegel como precursores de una mirada diacrónica (a través del tiempo) de la sociedad y la historia, en movimientos de tesis, antítesis y síntesis, que retomada por Marx para su estudio de los hechos humanos y depurada de lo que a su juicio consideraba idealismos, se entiende ahora como el método dialéctico, donde se afirma que cada fenómeno está necesariamente acompañado de su antítesis o negación y que en el desarrollo de esa lucha entre contrarios se crean las bases para nuevas condiciones de existencia o devenir, tal como desde el momento del nacimiento de un ser o una formación social, esta lleva su contrario o su condición de muerte, que no es el paso a la nada, sino justamente la condición para nuevas formaciones sociales. Contrario a lo que pudiesen pensar los empiristas, para pensadores como Marx el conocimiento no deviene de la sensación o de la experiencia directa con los objetos; de hecho y como bien lo señalaba Platón, diversas personas pueden tener una experiencia con el mismo objeto y en las mismas circunstancias, sin que necesariamente coincidan en el conocimiento del mismo, lo que llevaría a la conclusión de que una cosa es ella misma según la experiencia de A, pero al mismo tiempo es otra cosa para B, C o D, lo que resultaría a todas luces contradictorio e imposibilitaría cualquier comunicación y conocimiento del objeto; para Marx, la diferencia entre aquello que perciben distintos seres vivos incluido el ser humano, radica en que ése último posee la capacidad de conceptualizar el cúmulo de sensaciones que provienen de sí, y del mundo exterior, a partir del lenguaje como sistema se signos que adquieren realidad y significación aún en ausencia del objeto que representan; de ésta forma, no todos tienen que pasar por las mismas experiencias benéficas o peligrosas para aprender, pero además, por su condición eminentemente social, cuando se aproximan a un objeto poseen una serie de hipótesis relativamente estructuradas, y muchas veces inconscientes acerca de la realidad a la que se enfrentan. Lo que usualmente ocurre es que se cree inferir de la experiencia teorías acerca de determinado fenómeno, dado que la atención está puesta en el ejercicio de generalización a partir de episodios coincidentes, no obstante, la forma particular como se perciben y valoran los objetos de interés está cargada de descripciones y prescripciones que coinciden con las modalidades culturales e ideológicas de la época, que aparecen a la conciencia ingenua como la “forma natural” de los hechos y no como producto social en un periodo determinado de la historia. Por ello para Marx el punto de partida original es un concreto representado (una teoría-ideología), a partir de la cual se realizan abstracciones parciales y experiencias particulares que habrán de desembocar en un concreto real (o una teoría enriquecida).

En éste aspecto específico coinciden autores tan distantes como Marx y Karl Popper, quien afirma que “el hombre de ciencia, ya sea teórico o experimental, propone enunciados -o sistemas de enunciados-, y los contrasta paso a paso. En particular, en el campo de las ciencias empíricas construye hipótesis -o sistemas de teorías- y las contrasta con la experiencia por medio de observaciones o experimentos” (Popper, 1967, p.27), para éste autor la inducción como método científico resulta del todo imposible; ya que, desde la experiencia solo se pueden inferir enunciados particulares, y en ningún caso es posible aseverar leyes universales a partir de un número contado de casos, todos ellos susceptibles de ser negados, por casos que no han sido contemplados en lo particular. De allí que en el párrafo citado asimile toda hipótesis a un sistema de teorías que anteceden la experiencia, y por consiguiente, que la actividad científica se asemeje una serie sucesiva de contrastaciones deductivas, en donde la teoría se somete permanentemente al veredicto de la lógica y de la verificación con el propósito de rebatirla o desarrollarla.

Desde luego no todo enunciado lógico es verificable y no todo lo que se verifica desde la experiencia es consistente desde el punto de vista lógico, pero además, desde la perspectiva de Popper no resulta sencillo resolver el porqué unas teorías prevalecen sobre otras al momento de decidir lo que merece ser contrastado. Kuhn, en su texto sobre las revoluciones científicas, rebate la idea de una ciencia acumulativa a partir de sucesivas contrastaciones; a partir de su noción de paradigma como “realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica”(Kuhn, 1971, p.13.), ,asocia las innovaciones científicas a cambios significativos en la noción del mundo, que permite a los científicos ver sobre los mismos hechos, y aún con los mismos instrumentos, cosas novedosas.

Ahora bien, los cambios de paradigma pueden obedecer a razones diversas, suele ocurrir que dentro de la misma tradición científica la teoría precedente no pueda dar cuenta de los problemas que se le formulan, tal como ocurrió con la mecánica clásica cuando se trata de explicar fenómenos donde las velocidades son cercanas a la de la luz, en cuyo caso la masa se incrementa a medida que la velocidad aumenta; puede tratarse como en el caso del pensamiento platónico, que las verdades en las que se sostenía el orden social de la Grecia antigua entren en crisis a partir de la propia crisis de la sociedad que las producía, o como ocurre en la actualidad, que la extensión del método empírico analítico a la interpretación de la sociedad, termine ocasionando reduccionismos de orden físico o biológico que resultan insustentables desde el punto de vista político.

En estos casos, retomando a Marx, se entiende que las construcciones mentales asociadas a una determinada sociedad no pueden ser un devenir limpio de la consciencia, sino más bien una expresión de la manera como los hombres viven y producen la vida en el marco de relaciones sociales que no dejan de ser contradictorias y en las cuales la verdad y la moral de la sociedad tiende a ser la verdad y la moral de los triunfadores. En relación con la economía política, entendida por Marx como la anatomía de la sociedad civil, autores como Trotte (2008), refieren una crítica radical de los fundamentos desde los cuales Smith y Ricardo plantearon su teoría: “No hagamos como el economista que, cuando desea explicar algo, se coloca en un estado originario íntegramente fabricado. Este estado originario nada explica… nosotros partimos de un hecho actual. El obrero se vuelve tanto más pobre cuanto más riqueza produce… la realización del trabajo revela ser una pérdida de realidad a tal punto, que el obrero pierde su realidad… cuanto más objetos produce menos puede poseer y más cae bajo la dominación de su producto… y éste cae respecto al producto de su trabajo en la misma relación que está respecto de un objeto extraño”

Para Marx, una economía que parte de situaciones ficticias tales como la de dos individuos por fuera de la sociedad que poseen todas las capacidades de establecer relaciones conforme al derecho privado, y que además se dedica a la contabilidad de objetos y transacciones, no deja de ser una abstracción de lo humano que justamente produce la economía y las teorías sobre la economía, dice Trotte, 2008: “donde los primeros economistas veían relaciones entre objetos, Marx reconocía relaciones entre hombres, desde la categoría más simple de la economía política, la mercancía, demostró que el valor de ésta se haya determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario que a medida que aumenta la producción de la riqueza, aumenta el empobrecimiento del obrero por que los salarios se hayan determinados por el valor de los productos, mientras los valores de los productos no están limitados por los salarios”

Si bien es cierto, Marx parte de los conceptos y herramientas existentes en su época, realiza una ruptura radical con la economía política de las cosas para conferirle centralidad al hombre y sus relaciones dentro de la historia y la economía, pero además no es el hombre individualizado y moldeable de conformidad con los productos de la conciencia, sino el hombre concreto, social y práctico, transformador, capaz de construirse sus condiciones de vida, al mismo tiempo que elaborar la consciencia de acuerdo con lo que produce y como lo produce, en el mundo de lo social, siempre en constante contradicción.

Por su parte y en el Siglo XX, Piaget define la epistemología como “el estudio de la constitución de los conocimientos válidos… Lo propio del conocimiento científico estriba, pues, en llegar a una objetividad cada vez más rigurosa mediante un doble movimiento de adecuación respecto del objeto y de descentración del sujeto individual con respecto al sujeto epistémico” (Piaget, 1969, p.18-19), para éste autor explicar el conocimiento implica conocer el cómo se adquiere durante la génesis de los sujetos, a partir de investigaciones científicas que harían innecesaria una epistemología desde la filosofía.

Por lo tanto, el objeto de la epistemología genética gravita alrededor de la pregunta de cómo se produce la transición hacia mayores conocimientos, mediante los métodos histórico crítico (ya inaugurado desde otro enfoque por Marx), el clínico experimental y el método psicogenético, los cuales permiten asociar cada adquisición con la estructura o esquemas de acción y pensamiento que le acompañan y soportan, mediante procesos de asimilación y acomodación. La asimilación se entiende como la actividad que transforma el objeto de conformidad con los requerimientos del sujeto, mientras la acomodación se entiende como la transformación de esquemas y estructuras preexistentes en función de las exigencias del medio ambiente.

De esta forma, el conocimiento no es la simple incorporación de sensaciones o el reflejo pasivo de la realidad en el cerebro, sino más bien una relación práxica con la realidad; en palabras de Campitelli “Conocer la realidad significa construir sistemas de transformaciones que corresponden más o menos adecuadamente a la realidad; que son más o menos isomórficos a transformaciones de la realidad. El conocimiento consiste en estructuras transformacionales. Éstas no son copias de las transformaciones de la realidad, son posibles modelos isomórficos de la misma entre los cuales la experiencia nos permite elegir”.

Finalmente, para Bachelard la experiencia adquiere valor sólo en los casos en que ésta se inscribe dentro de teorías, que han superado el pensamiento ingenuo, vía un análisis lógico, verificación y adopción de visiones alternativas de mundo: “La realidad no es la experiencia, de la misma forma que no hay «conocimiento inmediato» y «no hay nada dado; todo es construido». Por eso mismo la ciencia no es mera experiencia, sino experiencia instruida por la razón: «todo dato ha de ser entendido como un resultado»…La labor constructiva del pensamiento consiste, en buena medida, en la superación de los «obstáculos epistemológicos»: obstáculo epistemológico es todo aquello que, en el espíritu o la razón humana, impide la construcción racional del objeto; opiniones, prejuicios, meras percepciones sensibles del objeto, el juzgar por las apariencias, o lo inmediato y no reflexivo. Lo real no es propiamente lo que aparece, sino más bien lo que siempre deberíamos haber pensado que es. Por eso, conocer supone «rupturas epistemológicas» (coupures), o discontinuidades: en el plano del conocimiento, ruptura y discontinuidad con lo inmediato y lo que es de sentido común” (Bacherlard, 1996).